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Me llamo Yayoi Hayami, y nací el 6 de marzo de 1922, en Meguro, Tokio. Entonces, vivíamos rodeados de un campo donde corrían a placer los tejones. Un río con una cascada atravesaba la propiedad. Nuestros familiares vivían en casas independientes pero dentro de la propiedad. Hoy en día, este lugar es una academia de aprender a conducir.
Mi nombre, “Yayoi” es la palabra para “marzo” en japonés clásico, y este caracter chino lo llevaba también el nombre de mi abuelo y de mis padres, por lo cual forma parte de mi nombre. Soy la mayor y tengo dos hermanas. Cuando tenía alrededor de 2 años, me dieron un bizcocho hecho en una pastelería. Corrí arriba para enseñárselo a mi padre, y me caí la barandilla abajo al jardín. Luego me contaron que mi padre salió corriendo de la casa descalzo y me recogió en sus brazos.
Aunque nuestra familia no tenía conexiones cristianas, mi padre, que era pintor, decidió que yo debería ir al jardín de infancia del Sagrado Corazón, por la única razón de que estaba cerca de casa. Este fue el primero de los planes de Dios para conmigo. En el Jardín de Infancia comencé a llorar en cuanto vi a las hermanas con sus hábitos negros.
Desde ese momento, aún después de asistir a la escuela primaria, lloré todos los días durante varios años. Cuando estaba en tercero de primaria, mi profesora de sala de estudios me dijo que mis padres me habían educado mal y por eso lloraba tanto. Desde ese momento, dejé de llorar para no abochornar a mis padres.
Mi padre perdió una pierna de joven, atrapada entre un tranvía y un coche. Le pasó por la cabeza que mientras sus manos y su cabeza no sufrieran lesiones, podría seguir pintando. Se protegió la cabeza con sus manos, y consiguió llevar una fructífera vida de pintor. Viajó a Europa y a Egipto para estudiar pintura. Nadie al verlo diría que le faltaba una pierna. Era un hombre que no pensaba en sí mismo.
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, cayeron bombas incendiarias en nuestro jardín, pero no hubo muertes pues todo el mundo estaba en los refugios. Cuando acabó la guerra, todos pensaban que era aconsejable estudiar inglés. Yo tomaba lecciones de inglés con una señora norteamericana que vivía cerca. Para entonces yo era estudiante del Sagrado Corazón Senmongakko donde asistían las chicas que deseaban continuar estudiando después de terminar la Escuela Superior o Bachillerato. Cuando abrió la Universidad del Sagrado Corazón, Senmongakko se convirtió en parte de la Universidad de acuerdo con la Ley Japonesa de Educación.
Me impresione mucho cuando dos estudiantes recibieron el bautismo. Una era Sadako Ogata. Me bautizaron al siguiente año, y fui la tercera en ser bautizada en la capilla de la Universidad. En el campus no había edificios, solo tres cabañas prefabricadas de planchas de metal corrugado,y la casa que pertenecía al Príncipe Kuni, el anterior propietario. Me hizo gran ilusión descubrir pinturas de mi padre en las decoraciones interiores de la casa del Príncipe. Habían sido regaladas a la Familia Imperial junto con pinturas de otros pintores.
Admiraba a la Madre Britt, la Presidenta de la Universidad y su gran devoción me condujo a mi vocación. Trabajé como su secretaria durante cinco años. Finalmente , llegó el momento de entrar en el noviciado. Fue la Hermana Keiko Iwai, que por entonces era estudiante de Escuela Superior en el Colegio del Sagrado Corazón Fiji en Susono, quien me fue a recoger a la estacón de tren de Numazu. El noviciado de Obayashi había sido transferido recientemente a Susono , y los edificios eran sencillas estructuras de madera que albergaban a muchas novicias y religiosas.
Después de mis primeros votos, enseñé inglés en Susono durante un tiempo. Entonces me enviaron a Tokio para ser maestra de las dos secciones de Segundo Año de Escuela Superior en Sankocho. Las hermanas Yamagata y Shinjo estaban en mi clase cuando estudiaban Escuela Superior, y parecía que yo les caía bien, porque enseñaba 20 horas a la semana además de las clases en Senkoka (finishing school escuela preparatoria para señoritas) y cuidando a casi cien estudiantes internas. Fue demasiado para mi, y me enviaron al año siguiente a Obayashi. En Obayashi tenía las clases en el anexo de la Universidad del Sagrado Corazón. Luego me dió tuberculosis, probablemente debido a la gran cantidad de trabajo en Sankocho y estuve hospitalizada en Christ Roix, pero me repuse lo suficiente para volver a Obayashi y hacerme cargo del internado.
Debía empezar la probación en 1985, y me dijeron que fuera a Irlanda en vez de a Roma porque tenía tendencia a trabajar demasiado. ¡Estaba realmente decepcionada! Pero en Irlanda me fascinó la belleza de su naturaleza y la cordialidad de su gente. Ahora estoy muy agradecida de haber pasado ese tiempo precioso en Irlanda. De vuelta a Japón, visité Roma, y después de pasar algún tiempo en Obayashi, me enviaron a Sapporo.
En ese tiempo, decidieron que la probación sería en Japón. Quedé muy sorprendida cuado me informaron que sería una de las directoras de probación. Para prepararme, me enviaron a Canadá y a Joigny. Dos grupos de probanistas hicieron su probación en Japón. El equipo de directoras se componía de la Hermana Joan Faber, la Hermana BrigitteTribot-Laspiere y yo. Las tres tuvimos dificultades debido a las diferencias culturales.
Teníamos agitadas discusiones a diario, pero todo eso es hoy un dulce recuerdo. El Padre Okumura (Carmelita) enseñaba un taller de espiritualidad donde se invitaba a los mojes y monjas budistas a que hablaran a las probanistas. Se introdujo la liturgia ecuménica, y finalmente, experimentamos lo que era vivir en el Templo Zen de Koyasan, recitando Sutra y comiendo al estilo Zen. Esto está descrito en Reflections: The Japanese Spirituality Workshop. (Reflexiones: Taller Japonés de Espiritualidad)
Otro golpe inesperado fue que me nombraran provincial. La provincia estaba atravesando una etapa difícil porque incluía Corea, Taiwán, Filipinas y Japón, y había que organizarlas en una sola.
Después de concluir mi cometido como provincial, se realizó el deseo que tenía desde hacía muchos años. La Provincia de Japón fue fundada de la provincia de Australia-Nueva Zelanda, y yo quería hacer algo para demostrar mi gratitud por lo que ellos habían hecho por la provincia de Japón. Se me permitió ir dos años y creo que entendí un poco los sentimientos de los misioneros.
Para resumir, la historia de mi vida es una historia de gratitud a Dios Misericordioso por haberme llamado a seguir sus pasos, una niña llorona que no sabía nada de la Cristiandad, sin disposición para llevar a cabo grandes responsabilidades, nunca pensando en hacer estas cosas, sin habilidad para los idiomas. Cuando fui a Joigny, tuve el privilegio de dormir en la cama que utilizó Santa Magdalena Sofía. ¿Fue ella quien me dirigió? John Govan dijo: “¡El regalo de la Fé es el regalo de la Aceptación!” De esto estoy convencida en mi diario vivir.
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