Mariola López Villanueva, rscj
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Probación, Roma 2002
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Recuerdo
que cuando tenía catorce años me gustaba imaginar cómo viviría a los
treinta, poder mirar por una ventana y ver qué estaría haciendo. De
todos los paisajes que aquella muchacha pudiera haber imaginado ninguno
tan hermoso y sorprendente como el que ahora habito.
Cuando asomé al mundo me esperaban mis padres y dos hermanos de doce y
nueve años que, según me cuentan, me recibieron muy contentos. Mi
hermano Tino desde el año pasado está ya definitivamente en Su corazón.
Era un chico inocente, que sacaba lo mejor de nosotros. Mi madre se
desvivió arropándolo durante cuarenta y nueve años, y ahora él nos
cuida desde Adentro, como precioso ángel protector.
Crecí en una tierra clara de sol y naranjos, en un pueblo al sur de
Alicante cerca del Mediterráneo. Mis compañeras me dicen, para meterse
conmigo, que se me nota que soy de pueblo. Me fui haciendo una joven
agnóstica, indiferente con respecto a la fe y a Jesús, como se
encuentran hoy la mayoría de los jóvenes por estos lados; y a los
dieciocho años me embarqué en la aventura de irme a Madrid a estudiar
periodismo, no porque me gustara mucho, que más bien era tímida para
eso, sino porque se trataba de la única carrera con la que podía salir
del pueblo, y necesitaba hacerlo (la filología hispánica, que era lo
que más me atraía se podía estudiar muy cerca de allí).
Estando en Madrid en una residencia de estudiantes que llevaban unas
religiosas, a los veintiún años, al calor de las relaciones y los
descubrimientos, viví una de esas experiencias que marcan un antes y un
después y que me han acabado trayendo donde estoy. Me llevaría mucho
espacio contarlo, quizá lo pueda recoger así: una Presencia de tremendo
amor irrumpió en el centro, y nada volvió a ser igual. Todo se cargó de
luz y de sentido, y ya no podía más que desear llevar a otros a Aquel
que tan generosamente me había visitado.
Después de tres años, en que acabé de estudiar y a la vez trabajaba,
fui a comenzar mi postulantado en Barcelona con esta congregación que
había conocido en la residencia y que era Misionera; todo lo de América
Latina me atraía mucho. En esos años de espera había ido creciendo en
la relación con Jesús y ahondando en lo recibido, y fue muy doloroso,
una vez allí, descubrir que aquellas hermanas no eran mi lugar, que no
me sentía feliz; estaba como pez fuera del agua. Por casualidad - de
esas casualidades que nos hacen más evidente Su paso- había conocido a
Dolores Aleixandre a través de una amiga y en unos Ejercicios con ella
pude ver que aquel no era mi sitio. Regresé a Madrid, y tirada del hilo
de mi texto-fuente, Juan 15, me dijeron que era también el de una tal
Magdalena Sofía y empecé a sentir curiosidad. Conocí y me relacioné con
rscj; y encontré mujeres profundas y felices y con un amor fuerte a
Jesús, esto último fue lo que me cautivó. Por fin había encontrado mi
lugar, estaba en casa; aquí podía caer y levantarme.
Ahora que voy a cumplir treinta y ocho años, y que ya llevo más de doce
en la Sociedad, siento que voy recibiendo en ella mucho más de lo que
pudiera pedir o imaginar. Los lazos y el cariño con otras rscj, (ya por
todo el mundo), son una de mis perlas de gran valor.
Vivo en Gran Canaria, una isla de enorme belleza, pegada al continente
hermano de Africa y abrazada por el mar; somos cuatro rscj: Manoli
Martín que es la párroca del barrio, y dos JP,s: Valle Adame, que
trabaja como médico de familia, y Fátima Santaló, trabajadora social,
que acaba de hacer sus primeros votos. Estamos en Vecindario, un
enclave popular donde hay muchos inmigrantes (compartimos el bajo de la
casa con Sur Acoge, una asociación que les ayuda), y la diversidad de
nuestras tareas nos es muy enriquecedora por el abanico de relaciones
que nos abren.
Desde que me vine a esta buena tierra ando con la Biblia de acá para
allá. Doy clases de Sagrada Escritura, a jóvenes y a adultos, en un
Instituto de Teología sencillo y, ahora también, clases de religión a
los chiquillos. Con lo que más disfruto es con los cursos a mujeres,
(es un privilegio poder recibir la Palabra junto a ellas) y con el
grupo de oración de mi parroquia. En estos dos últimos años he
agradecido la experiencia nueva de dar Ejercicios a religiosas; me han
abierto más a ese lado vulnerable que todos tenemos; a la herida y a la
belleza de los rostros cuando se abren.
De vez en cuando escribo para alguna revista que me piden. Me hace
gracia porque cuando de adolescente soñaba en lo que me gustaría ser de
mayor ya me salía la veta escritora, me dio unos años por hacer poemas,
pero no pensaba que me vendría por este lado. Como me van pidiendo
cosas pues poco a poco he ido escribiendo y la gente me va confirmando
en que algo del Señor se mueve por aquí. Antes no pensaba que eso tenía
que ver con mi vida como rscj, ahora voy sintiendo que un poco sí; me
voy abriendo a una voz más personal que, sin ser mía, pasa por mis
genes y por mi historia; y abrazando la timidez como cálida compañera
en este viaje.
Una vez leí que una mujer decía, "quiero contar el mundo para
bendecirlo", y eso es lo que yo también deseo: narrar la vida para
conducirla hacia Él. Contar historias para que se desvele el amor que
las cruza. Escribir para agradecer. Escribir para curar; como yo he
sido sanada y confortada con las palabras de muchas otras y otros.
Hoy día atravieso un momento sabroso; amo el lugar en el que vivo, las
personas con las que vivo, y me siento bien en mi piel, que no siempre
he podido decirlo. Experimento un gusto grande por vivir, un natural
contento... y si puedo pedir un regalo más, en medio de tantos, es el
de aprender a acoger y a querer a cada persona con toda su realidad.
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