Emiliano Guzmán Meza
del libro Camaristas, fotógrafos mayas.
(Archivo Fotografico Indígena)
con permiso del autor
Aproximación bíblica y catequética a la eucaristía
Introducción
1. Como pan que se parte
2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte
13. Cuando Jesús deseaba
14. Celebrar la cena del señor
15. Palabras de vida eterna
“Me dije: No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre. Pero había un fuego ardiente encerrado en mis huesos, hacía por contenerlo y no podía. ( Jer 20,9)
Cuando oí leer y comentar ese texto de Jeremías en la fracción del Pan, sentí un estremecimiento. Eran palabras que yo misma hubiera podido pronunciar: también en mi vida, como en la del profeta, hubo un momento en que mis sentimientos coincidieron con los suyos.
Pero de eso hace ya muchos años, cuando Juana, mujer de Cusa que había sido mayordomo de Herodes, y con la que yo tenía un parentesco lejano, me habló por primera vez de Jesús. Ella, que se había quedado viuda recientemente, había tomado la decisión de unirse al grupo de los que seguían al profeta galileo, y un día pidieron a Cleofás, mi esposo, alojarse en nuestra casa de Emaús cuando iban de camino hacia Jerusalén. Fue allí donde lo conocí, y desde aquella sobremesa compartida con él, supimos que en nuestras vidas había irrumpido un elemento perturbador y que, a partir de aquel encuentro, nada podía seguir igual. Nadie nos había hablado como aquel hombre: poseía palabras que nos sacudían de nuestro letargo, nos convencían de que era posible vivir una vida distinta y nos invitaban a convertirnos en colaboradores en la tarea del Reino.
Sin pensarlo mucho tomamos la decisión de irnos con él. Cuando más tarde algunos nos contaron cómo se habían incorporado al grupo, nos dimos cuenta de que a nosotros no nos había necesitado convocarnos: nos habíamos adherido a él como la hiedra al árbol, le habíamos seguido como la golondrina sigue al verano.
Pronto nos envió de dos en dos a anunciar que Dios estaba cerca, y eran tan tajantes sus exigencias que nos sentimos flaquear: había que ir sin provisiones ni defensas, con sólo un par de sandalias en los pies, como un símbolo de la simplicidad y la confianza desarmada con que había que emprender aquella aventura desconocida.
Volver la vista atrás
Superamos la prueba, pero más adelante llegó la verdadera crisis: después de que repartió panes y peces a aquella multitud inmensa, le escuchamos palabras insólitas que pretendían arrastrarnos fuera de nuestros límites, más allá lo que, desde el respeto a nuestras tradiciones, podíamos soportar: “No fue Moisés quien os dio pan del cielo, es mi Padre quien os lo da. Yo soy el pan de la vida: el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed. Si no coméis la carne y bebéis la sangre del hijo del Hombre, no tendréis vida en vosotros...”(Jn 6,32.53)
Aquello era demasiado. Es evidente que no entendíamos sus palabras en su sentido literal: lo que nos resultaba intolerable es que situara su persona en lugar de la Ley, el pan que alimentaba nuestra vida de judíos fervientes; lo que era inadmisible era su atrevimiento de minimizar el maná, otro símbolo sagrado de nuestro pueblo; pero, sobre todo, lo que no podíamos soportar era aquella pretensión suya de totalidad, aquel querer hacerse alimento único de nuestras vidas.
En el grupo hubo murmuraciones y escándalo y algunos, entre ellos Cleofás y yo, decidimos echarnos atrás (Jn 6,66). Volvimos a nuestra casa y tratamos de olvidar lo vivido: había sido un hermoso sueño que ya había terminado. Pero de día andábamos inquietos y de noche desvelados. La vida que habíamos llevado hasta ese momento nos resultaba vacía e insípida y nos sentíamos vagando sedientos y sin rumbo por una estepa. Decidimos volver y por el camino ensayamos el encuentro: “Maestro, le diríamos, ya no nos es posible vivir lejos de ti. Es verdad que sólo tus palabras nos mantienen vivos, que necesitamos cada día el maná de tu presencia...”
No hicieron falta nuestros discursos, nos acogió y volvió a contar con nosotros como si nada hubiera ocurrido. Por eso, cuando los poderes del mal y de la muerte lo vencieron, volvimos a sentirnos desfallecer de hambre en el desierto desolado de su ausencia y emprendimos de nuevo el camino hacia Emaús, esta vez, pensamos, sin posible retorno.
Lo que ocurrió en aquel camino lo conocéis todos. En aquella posada, sentados alrededor de la mesa como la primera vez, el Resucitado partió el pan para nosotros. Y supimos, ahora ya para siempre, que el pan que estábamos comiendo era el de la Vida que nadie puede arrebatarnos.
Tiempo para la palabra
Me sedujiste, Señor,
y me dejé seducir;
me forzaste, me violaste.
Yo era el hazmerreír todo el día,
todos se burlaban de mí(...)
Me dije: no me acordaré de él,
no hablaré más en su nombre.
Pero la sentía dentro como un fuego
ardiente encerrado en los huesos:
hacía esfuerzos por contenerla y no podía. (Jer 20,7-9)
“Este es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron vuestros padres y murieron. Quien come este pan, vivirá siempre. Esto dijo enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm. Muchos de los discípulos que lo oyeron comentaban: Este discurso es bien duro, ¿quién podrá escucharlo?” (Jn 6,59-60)
“Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: - ¿También vosotros queréis marcharos?. Le contestó Simón Pedro: - Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6,66-68)
Tiempo para otras palabras
Emaús hoy. “A la exigencia de no buscar entre los muertos al que vive, responde el episodio de los de Emaús. La narración comienza diciéndonos que “aquel mismo día”, porque puede ser cualquier día de la vida de la iglesia, “dos de ellos iban camino de un pueblo llamado Emaús”. Es camino de Emáus, no de Jerusalén donde están “los once y los demás” (Lc 24,9); es, por lo tanto, camino de la dispersión porque no se ha entendido el camino de Jesús. Por eso es un caminar con “los ojos cegados” y con tristeza del corazón reflejada en el rostro. Pero lo maravilloso es que “Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos”.. Se acerca a los que se alejan para acercarlos y, en su conversación, va al fondo de lo que los separa: el incomprensible camino de Cristo que ellos deben hacer suyo. Por eso la frase “estaban cegados y no podían reconocerlo” no sólo significa que no podían reconocer ahora al compañero de camino, sino que no habían reconocido al que durante su vida había sido compañero de mesa y de camino, porque su camino terminó en un fracaso para él y para ellos: “Nosotros esperábamos...”
Entonces este caminante extraño, que no parece estar al tanto de lo ocurrido en Jerusalén, les recrimina su dureza de corazón para creer y les interpreta los acontecimientos. El camino conduce a la mesa del encuentro y del reconocimiento. La palabra compartida ha ido creando entre los caminantes una empatía que hace arder el corazón en deseos de comunión y amistad: “Quédate con nosotros...” Acogen a un extraño y comparten el pan con él. Y esa mesa abierta a extraños es el signo privilegiado del Señor, que comía con extraños y los acogía a su mesa. En la reunión de los que parten el mismo pan se hace presente el Señor antes de hacerse presente en el pan partido.
En ese momento la situación se invierte, el invitado parece convertirse en el anfitrión que preside la comida: “Recostado a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo ofreció”. Las palabras proclaman la convicción de que, en la celebración sacramental de la fracción del pan, tiene la Iglesia el lugar privilegiado de la presencia del Señor. Los ojos se abren con la palabra proclamada y con la mesa compartida.” (M.DIAZ MATEOS)1
Tiempo para orar
En un rato tranquilo, haz memoria de momentos o épocas de tu vida en los que has estado a punto de alejarte de Jesús y de su comunidad, o incluso has llegado a abandonar por una crisis de fe, por rebeldía, por situaciones personales difíciles...Recuerda alguno de esos momentos y la experiencia que viviste de falta de sentido, de ausencia o lejanía de tu verdadero centro. Reconoce en la trayectoria de los discípulos de Emaús tu propia trayectoria de búsqueda de vida verdadera: ellos han vivido en su propia carne cómo huir de la cruz para asegurarse, traicionar para salvarse, alejarse decepcionados... Pero eso no les ha dado vida verdadera, sino insatisfacción y vacío.
Recuerda también fueron los caminos misteriosos por los que volviste (o sientes el deseo de volver...) a Jesús: personas, acontecimientos, palabras... Y cómo el Resucitado se ha hecho tantas veces el encontradizo contigo para devolverte la alegría, la paz, el perdón, el sentido...
Deja que fluyan en ti el agradecimiento y la alabanza por la vivencia, tantas veces renovada, de reencuentro con Jesús y su evangelio, por la alegría de hacer la experiencia de que es posible la relación auténtica con los demás, de que vale la pena luchar por un mundo más humano y fraterno.
Repite una y otra vez: “Señor ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna...”
Tiempo para compartir y celebrar la fe
Con jóvenes o adultos.
Celebración de Emaús.
Reunidos en la sala, se comienza la lectura de Lc 24,13-35 a tres voces, narrador, Jesús, los de Emaús. Siguiendo las escenas e interrumpiendo cuando parezca oportuno, se van viviendo los siguientes momentos:
- salir de dos en dos a dar un paseo, y hablar de las dificultades que vive cada uno para reconocer a Jesús y abrirse a su gracia. Después de unos minutos, se pueden juntar con otros dos y hacer lo mismo. En un momento convenido, se vuelve a la sala.
- después de un breve tiempo de silencio, cada uno comunica algún momento de su vida, alguna relación personal, o palabra del Evangelio en que ha encontrado con Jesús a lo largo de su vida.
- se puede terminar leyendo este testo y repitiendo el estribill
¡Quédate con nosotros!
Tú que has hecho camino con nosotros
tú que te has acercado a nuestras dudas,
a nuestros temores,
a nuestros desánimos:
¡quédate con nosotros!
Tú que nos has abierto la Escritura
y con tu palabra y tu presencia
has hecho arder nuestro corazón:
¡quédate con nosotros!
Tú que has aceptado no abandonarnos
al declinar el día,
tú que has compartido nuestro techo
y has partido para nosotros el pan:
¡quédate con nosotros!
Tú que nos has devuelto el ánimo
y has hecho renacer en nosotros el gozo;
tú que nos envías a anunciar a los que tienen miedo
que nos precedes en el camino
y nos preparas una mesa:
¡quédate con nosotros!
Tu cuerpo es el pan que nos congrega,
tu sangre es el vino de nuestra fiesta:
al reunirnos en tu Nombre,
tu Eucaristía se convierte para nosotros
en esperanza de una vida siempre nueva.
¡quédate con nosotros!
Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur
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El sacramento del pan, Lima 1996, pp.222-223
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