Mi experiencia de voluntaria
Victoria Ramos (Viky) comparte su experiencia en Frtín Olmos, Argentina.
A todos nos mueven unas motivaciones para emprender un voluntariado en un país extranjero. Las mías se centraban en conocer otras realidades, convivir con gente de los países latinoamericanos y echar una mano en lo posible.
Tuvimos cuatro reuniones en Madrid a lo largo del año y nos decían, entre otras cosas, que vamos con la intención de dar, y nos encontramos con que somos nosotros los que recibimos. Y cuando empiezas la experiencia esas palabras van cobrando sentido día a día porque en verdad, somos nosotros los que recibimos y nos parece poco lo que damos.
La bienvenida al país fue inolvidable, no recuerdo una acogida tan sincera y tan cercana como la que tuve en la casa de Nazaret. Y la despedida, tras toda la experiencia vivida, fue también muy significativa para mí.
Mi vida en el pueblito de Olmos transcurrió muy intensamente.
Tuve la suerte de vivir dos experiencias pararelas:
Una tuvo que ver con el contacto con la gente del lugar y con los talleres y actividades que las hermanas allí realizan. Comprobé cómo se divierten los niños en "Aprender Jugando" y lo importante que es para ellos esas horas en su vida, viviendo como viven en parajes donde apenas hay espacios para ellos. Fui también testigo de lo necesario que es para los chicos de Arco Iris acudir a su cita de los sábados y compartir temas propios de su edad y preparar sus campamentos. Y también del esfuerzo y las ganas que las hermanas ponen para que estos grupos funcionen. Disfruté del folklore argentino asistiendo a los ensayos del coro y me impresionaba que el mejor músico del lugar fuese ciego y el que más alegría le daba a los cantos con su acordeón. En el tiempo que estuve pude ver los pequeños triunfos del Centro Nueva Esperanza, cada vez más organizado y cada vez con frutos más visibles, haciendo más evidente la importancia que tiene para el pueblo este proyecto. Disfruté también yendo a la biblioteca del pueblo y creo que los niños más pequeños también , porque se pasaban la tarde eligiendo algún libro para llevarse. El taller que más me gustaba era el de los "alfajores". Yo lo llamaba así. Los adultos con capacidades diferentes acudían puntualmente a una sala para hacer sus alfajores, preparar alguna función teatral o lo que hiciese falta, y lo hacían todo con tanta ilusión que yo sólo quería ir para contagiarme de su entusiasmo.
En estas cosas transcurría mi vida, conociendo poco a poco a la gente del pueblo y conviviendo con las hermanas, que desde el principio me hicieron sentir como si estuviese realmente en mi casa, y hasta tal punto me sentía en casa, que para mí ellas eran como mi familia.
Pero viví además otra experiencia. Una experiencia que marcó mi vida y que hizo que la persona que vuelve a España no sea ya la misma. Me resulta además difícil de explicar y dudé mucho antes de decidirme a contarla. No sabía cómo ni por dónde empezar. Mi otra experiencia es una experiencia de fe.
Me llamaba muchísimo la atención vivir rodeada de gente que hablaba de Jesús con naturalidad, en su vida cotidiana, como si fuese una persona que existiese de verdad y que fuera a aparecer por la puerta de un momento a otro.
Sentía mucha curiosidad porque en mis ambientes sólo se nombra a Jesús en las Iglesias, y el evangelio lo escuchaba las pocas veces que pisaba una iglesia para asistir a una primera comunión o a un bautizo. Y respetaba mucho las palabras de Jesús, porque me parecían sabias y defendían valores universales como la paz y el amor. Respetaba además su importancia histórica, porque fue un hombre que cambió el rumbo de la humanidad. Y cuando escuchaba que Jesús era el Hijo de Dios, estaba totalmente convencida de que era una de esas historias que se contaban en la Biblia, como la de Adán y Eva, que los evangelistas utilizaban para que el pueblo prestase más atención a sus palabras y para divinizar un poco su persona.
Era ése el Jesús que yo conocía y desde luego no era el mismo del que hablaban no sólo las hermanas, sino las personas que iban pasando por la comunidad y la misma gente del pueblo, que acudía a la misa y no se iban hasta que se acercaban a saludar a la virgen de Itatí.
Y todos rezaban y quise yo también aprender a rezar y mi primer encuentro de oración fue solo el comienzo de lo que sería una larga lista de descubrimientos, a cada cual más emocionante.
Y cada vez que abría el evangelio sentía que las palabras cobraban vida y la Biblia pasó de ser un libro antiguo y obsoleto a ser uno de lo más actual que cobraba vida cada vez que leía sus páginas y comprobaba con asombro que a los personajes del evangelio les pasaban las mismas cosas que a mí.
Entre todos, mi mayor descubrimiento fue que Jesús sea Hijo de Dios. Si para mí Jesús fue un personaje histórico, Dios era algo grandioso e inexplicable que asociaba a la belleza. Apreciaba la belleza en los paisajes y contemplándolos me sentía tan sobrecogida que a mí me parecía que sólo Dios podría crear algo así. Veía belleza en las personas, en el arte que el hombre es capaz de crear, especialmente en las composiciones musicales, y en general, en todo lo que me daba paz y alegría. Pensar que Jesús pueda ser Hijo de Dios me da mucha felicidad, aunque todavía dude de ello muchas veces.
Por eso en ocasiones pensaba que Olmos sería siempre un lugar muy importante para mí, porque dentro de mí nació Jesús, y allí celebré mi Navidad particular en compañía de la mejor familia con la que podría haber soñado. Y desde ese nacimiento, todo cobró sentido para mí, la celebración de la misa y, especialmente, la comunión, y si celebré allí mi primera Navidad consciente, puedo afirmar que también hice mi Primera Comunión, y entendí lo que decían mis catequistas cuando era niña: "La Primera Comunión será el día más feliz de tu vida" Entonces no comprendía, porque para mí fue un día como otro cualquiera. Pero el día en que descubrí su significado, esperé a la celebración del sábado y, por primera vez, hice mi Primera Comunión. Y sí. No sé si el más, pero fue un día muy feliz en mi vida.
Llevo prácticamente toda la vida en el Colegio Sagrado Corazón, primero como alumna, y ahora como docente, rodeada de palabras de Jesús en las celebraciones que hace el centro para conmemorar el día de Máter o del Sagrado Corazón, y rodeadas de religiosas y nunca llegué realmente a valorarlas. Para mí eran mujeres que habían renunciado a muchos aspectos de la vida para entregarla a otros y para seguir a Jesús. Nunca lo entendí, incluso llegué a compadecerme de ellas en alguna ocasión.
Ahora, tras todo lo vivido en Olmos, siento un profundo respeto a la vida consagrada y a la valiosísima misión que tienen entre manos, la de transmitir la buena noticia del evangelio, y la esperanza y la vida que brinda Jesús a quien lo conoce. Y pediré en mis oraciones para que nunca se cansen y sigan transmitiendo la gran noticia a otras personas y las llenen de vida como a mí me han llenado y les den la esperanza que yo he recibido. Así se cumple lo que las formadoras de Madrid nos decían, y es verdad, he recibido muchísimo más de lo que nunca pude haber dado.
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