Trudy Considine rscj
Es difícil hablar de Dios. Más aún cuando se trata de compartir la propia experiencia o la experiencia que las compañeras y compañeros de camino nos han comunicado. Se corre el riesgo de reducirle a unas cuántas palabras o a unas ideas que, finalmente, pueden encajonarle en un contexto y en una cultura. Dios es Mayor que todo lo que podamos decir de su verdad, verdad capaz de sorprendernos y trascendernos siempre.
Recuerdo a Javier Jiménez Limón, sj, amigo y compañero que ya vive en Dios y en la memoria presente de quienes le conocimos y le queremos, que decía: al hablar de Dios hay que hacerlo con gratitud y con reverencia. Gratitud por su cercanía extrema, y reverencia porque permanece misterio inmanipulable.
Desde estas actitudes y consciente de mis temores, quiero arriesgarme a compartir algunas reflexiones. Creo que nuestro mundo, nuestra gente, nuestros pueblos, nosotras y nosotros, tenemos sed de Dios como la cierva de la que habla el salmista (Sal 41,2-3).
Lo más humano es lo más divino
Al acercarme a Jesús en los evangelios y a través de la vida de su pueblo que sufre, comencé a escuchar esta convicción: “lo más humano es lo más divino”.
Intentando superar ciertas creencias que reducían la comprensión de “lo humano” a nuestra realidad pecadora, impotente, no-divina, concibo eso “humano” como lo mejor, lo más noble, lo que genera vida, lo que nos ayuda a irnos realizando como personas, lo que al hermanarnos nos impulsa a reflejar la imagen de Dios en nuestro mundo, en nuestras relaciones cotidianas, en nuestras opciones fundamentales.
Creo, estoy convencida, de que nuestra experiencia de Dios nace, crece y se alimenta a través de lo humano, de palabras y gestos, de símbolos y ritos, de experiencias y convicciones humanas.
Hace algunos años todavía consideraba que era imprescindible “nombrar” a Dios para identificar las experiencias como suyas. Tenía la idea de que solamente algunos espacios asignados oficialmente como sagrados podían generar y resguardar la experiencia de Dios. Creía que sólo los ritos y los símbolos, los sacramentos y los mandamientos aprendidos en la catequesis podían suscitar y obtener la gracia de Dios.
Hoy es distinto. Con el paso del tiempo, de los acontecimientos y de las relaciones, veo que a Dios también se le siente y se le conoce de otras maneras, en distintos espacios y en los diferentes tiempos y culturas. Veo, además, que a Dios se le conoce por su presencia en signos y acciones humanas que generan y defienden la vida. Al mismo tiempo veo que le conocemos, por lo que no es ni quiere, a través de decisiones, de estructuras y de acciones que le niegan, que generan división y guerra, que conducen a la muerte.
Nuestros sentidos como mediación de Dios
A través de nuestros sentidos descubrimos y manifestamos a Dios. Nuestros ojos y oídos, nuestro gusto y olfato, nuestra piel, nos permiten reconocer la presencia o la ausencia de Dios. Nuestra capacidad intuitiva y perceptiva, nuestra inteligencia-sentiente –como la llama Xavier Zubiri, nos permiten reconocer la Trascendencia en la inmanencia.
Dios puede hacerse presente (o denunciar su ausencia) en la forma como nos miran y nos escuchan, en el modo como nos tocan y nos abrazan. En realidad, no se requiere de mucho esfuerzo para reconocer sapiencial y sacramentalmente los gestos que tienen su origen en Dios. Sí se requiere, sin embargo, tiempo y espacio para gustar internamente estas experiencias, para reconocer con gratitud y reverencia que de Su Plenitud hemos recibido gracia tras gracia (Jn 1,16), para confesar que su Espíritu ha sido derramado como amor en el corazón humano (Rm 5,5), para celebrar comunitariamente su presencia en nuestro mundo y su actuar en nuestra historia.
Del mismo modo, como imágenes suyas que somos, nuestros sentidos están habilitados para manifestar y transparentar su amor, su presencia y su compromiso con la humanidad. Fiel a su querer original, Dios cuenta con nuestra humanidad para plenificar la creación entera. El camino nos lo ha mostrado en Jesús, el primogénito de los hermanos. Y la garantía de que es posible nos ha sido dada gratuitamente en el Espíritu, en la Ruah de Dios que nos habita.
Los sentimientos nos remiten a Dios
Sin embargo nuestros sentidos no generan por sí solos acciones a favor o en contra de la vida. Normalmente trabajan acompañados por sentimientos que humanizan o deshumanizan y que, consecuentemente, revelan o velan a Dios.
El contacto, la cercanía, el conocimiento que tenemos de la realidad a través de los sentidos, genera una gama multiforme y variada de sentimientos condicionados por nuestra historia personal, por nuestro lugar social, por nuestros marcos teóricos y conceptuales, por nuestra experiencia de Dios.
En América Latina, continente de profundos contrastes, donde las crecientes mayorías sobreviven en condiciones de pobreza, y pobreza extrema, podemos experimentar sentimientos que van desde la repugnancia, el desprecio o la indiferencia hasta la com-pasión (entendida como padecer-con), la solidaridad, el amor. Evidentemente, no todos nuestros sentimientos nacen del Espíritu de Dios que nos habita, por eso la importancia de escuchar Su Palabra y de discernir las mociones.
Los sentimientos que tienen su origen en Dios nos impulsan, invariablemente, a vincularnos a su Proyecto de Vida y de Vida en abundancia para todas y todos (Jn 10,10).
Es muy importante atender a los sentimientos que surgen de nuestros sentidos para reconocer a Dios. La indignación que sentimos ante la miseria, la injusticia y la muerte puede conducirnos hacia las personas que las padecen. Conocer sus nombres y escuchar sus historias puede modificar las prioridades de nuestros afectos. Sentir su dolor y dejarnos cuestionar por su clamor puede convertir nuestras opciones, nuestros intereses, nuestros deseos.
Nuestros sentimientos individuales y colectivos pueden ayudarnos a intuir los sentimientos de Dios así como también pueden impulsarnos a buscar a Dios donde menos hubiésemos imaginado encontrarle.
A través de Jesús sabemos que precisamente ahí, donde pareciera que la muerte ha alcanzado la victoria, precisamente ahí está Dios extremosamente cercano e ilimitadamente trascendente. Siempre llamando a la Vida. No le podemos manipular. Su radical solidaridad realizada plenamente en el Hijo acompaña los dolores humanos más intensos y los transforma en signos vivos de su presencia muchas veces indescifrable.
Nuestras acciones velan o revelan a Dios
Los gestos, las acciones, los compromisos que nacen de los sentimientos humanizantes de nuestro corazón enriquecen y derraman nuestra experiencia de Dios.
En nuestro actual contexto mundial Dios manifiesta su amor terco por la humanidad apostando a favor de la vida, a través de lo humano. Por eso surgen personas y grupos que, a pesar y por encima de su impotencia frente a las grandes fuerzas destructoras, denuncian el mal, el pecado y la injusticia que niegan a Dios en nuestra historia. Por eso son cada vez más las personas y los grupos que se organizan para trabajar en favor de la paz y de la no violencia. Dios, en ellas y en ellos, se hace presente para condenar la muerte y para fortalecer nuestra esperanza en que la Vida tiene la última palabra.
En nuestros países de América Latina donde el sufrimiento y el clamor de las mayorías empobrecidas es cada día más intenso, se escuchan voces fuertes y valientes que condenan la muerte de tantas hijas e hijos de Dios al tiempo que se fortalecen vínculos y se tejen organizaciones para trabajar por la vida con justicia y dignidad.
Los grupos y organizaciones que defienden el respeto a los derechos humanos se multiplican. La sangre de las víctimas de sistemas que actúan en la oscuridad, fecunda dolorosamente en personas y en grupos que se desvelan para que amanezca la verdad.
La creatividad para elaborar y llevar a la práctica alternativas económicas de alimentación, salud y educación se internacionaliza con la participación activa y lúcida de la sociedad civil.
Aumentan los grupos de mujeres que se organizan para defender la vida, para promover la equidad, para decir su palabra.
Estos, y muchos más, son gestos concretos y compromisos significativos que nos permiten reconocer a Dios en lo cotidiano, a través de lo humano. Gestos que, a su vez, alimentan entrañablemente nuestra alegría y nos convocan para dar razón de nuestra esperanza. Creemos y confesamos que Dios actúa y se manifiesta a través de lo humano. Creemos además que, así, nos plenifica.
En nuestras preguntas, Dios está
Lo humano, como nos muestra el libro de Job, también incluye preguntas sobre Dios y cuestionamientos a Dios. En el límite entre la vida y la muerte, en la frontera entre la muerte y la resurrección, Mateo nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, “gritó con fuerte voz: Elí, Elí, ¿lema sabaktani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué mes has abandonado?” (Mt 27,46). Y sabemos que ahí está Dios: radical y escandalosamente identificado con lo humano; definitiva e inmanipulablemente trascendente.
En situaciones límite, donde el silencio se vuelve palabra, en experiencias de frontera, donde el dolor se convierte en manantial de resurrección, ahí está Dios para estrecharnos contra su pecho y vincularnos a su amor que es y siempre será más fuerte que la muerte (Cant 8,6).
Incorporar lo femenino en Dios
Si nos acercamos a la fe de la Iglesia en María podremos escuchar el clamor humano por incorporar lo femenino en Dios. Sabemos que María no es Dios sino la primera persona que, en su completa humanidad, acogió de manera totalizante a Dios y su querer. Creemos que María, la madre de Jesús, tiene el lugar principal en la comunidad de las y los creyentes. Confesamos agradecidamente que, por su inigualable cercanía con Dios, ella puede mostrarnos el camino para seguir a Jesús.
La masculinización de Dios expresada y heredada de generación en generación a través de imágenes, advocaciones y plegarias no sólo ha alejado a María de nuestra historia y de nuestra condición humana sino que también ha reducido nuestra experiencia de Dios. La serie de títulos y nombres que hemos dado a María nos llevan a presentir que en Ella buscamos ansiosamente a Dios.
Particularmente en situaciones límite y de frontera, los seres humanos tenemos profunda necesidad de experimentar en Dios algunos rasgos que nuestra cultura ha asignado a las mujeres. En tiempos de guerra, imploramos la Paz; en tiempos de peligro, solicitamos Auxilio; en tiempos de llanto, Consuelo; ante la enfermedad, pedimos Salud; en el desamparo, Refugio; frente a la condena, Piedad... ¿Por qué acudimos más espontáneamente a nuestra señora de los Dolores que a Jesús “varón de Dolores”? ¿Por qué nos acercamos más a nuestra señora de la Soledad que a Jesús en la soledad del huerto?.
Con inmensa gratitud por el don que Dios hizo en María a toda la raza humana, también necesitamos acoger, reconocer, confesar y celebrar la dimensión femenina de Dios que bendice, acompaña y fecunda los sufrimientos y los gozos de la humanidad.
Al acercarnos a Dios en su dimensión femenina podemos decubrir cómo nos abraza y nos consuela, cómo nos muestra su misericordia entrañable y nos invita a anunciarla como buena noticia. Experimentar la ternura de Dios y la atención delicada y gratuita por cada una de sus hijas y sus hijos no sólo con-mueve nuestro corazón y nuestras entrañas sino que también transforma nuestra indiferencia en compromiso apasionado por los hermanos y las hermanas que más sufren.
Invocar y alabar a Dios madre, compañera, amante de la vida y sabia administradora de la creación nos llevará a reconocernos parte del universo entero, a comprender la interdependencia entre todo lo creado, a defender la vida siempre que se encuentre amenazada.
Cantar a Dios que sigue dando a luz la creación nos impulsa a realizarnos como sus co-madres y sus com-padres colaborando con Ella en el alumbramiento de los cielos nuevos y la nueva tierra (Ap 21,1). Desde nuestras posibilidades humanas, desde dentro del mundo que sufre dolores de parto (Rm 8,22), Dios cuenta con nuestra participación activa y co-creadora hasta que El-Ella llegue a ser todo en todas las cosas (Col 1,20).
Algunas notas sobre la experiencia de Dios
Antes de concluir quiero insistir en algunos rasgos que me parecen irrenunciables en nuestra experiencia de Dios.
- Tomar en serio y creer profundamente que el Espíritu Santo ha sido derramado como amor en nuestro corazón. Creer, confesar y celebrar que el Espíritu Santo es, verdaderamente, Dios. Esta convicción supone, entre otros, dos movimientos:
Dedicar tiempo y espacio para encontrarnos con Dios tanto a nivel individual como colectivo. Dios, Presencia que nos habita, pronuncia su Palabra, nos muestra su amor y nos invita a realizar su querer desde nuestra interioridad y desde la interioridad de nuestros grupos y comunidades de referencia. Practicar la oración y el discernimiento personal y compartido, escuchar su Palabra en la biblia y en la vida, enriquecerá y contagiará nuestra experiencia de Dios.
Reconocer y agradecer que Dios se revela a través de lo humano y actuar en consecuencia. Es decir, disponernos a acoger a Dios que se revela en sus imágenes vivas, en hombres y mujeres de nuestra historia que pregonan el amor de Dios, que denuncian su negación y que buscan la vida en comunión. Disponernos, también, a acoger a Dios que se revela en sus hijas e hijos crucificados, con-movernos con su pasión, trabajar por su resurrección.
Creer con el corazón que Dios cuenta con nosotras/os para manifestar su amor y para colaborar en su proyecto de Vida y de Comunión. Creer con gratitud humilde que somos llamadas/os a ser transparencia de su amor.
- Incluir todas las dimensiones de nuestro ser e incorporar toda la realidad en nuestra búsqueda y en nuestro encuentro con Dios.
La experiencia mística no es incorpórea, ni atemporal, ni se da fuera de la historia. Es necesario dar cauce a nuestra hambre de Trascendencia buscando la realidad sagrada en nuestros cuerpos, en nuestros gestos y actitudes, en nuestras relaciones. Dios se revela en la historia a través de lo humano. Es preciso agradecer su don, su kénosis, su encarnación. Y es preciso, también, responder a su iniciativa buscando manifestar su amor, su ternura y su voluntad en este mundo herido por la injusticia y atravesado por la fuerza del mal.
- Compartir, socializar y crear comunión desde nuestra experiencia de Dios. La fe cristiana está llamada a superar las fronteras de lo privado para realizarse, celebrarse y agradecerse públicamente.
La experiencia de Dios –comunidad de personas- va más allá de la intimidad individual, del hogar o del templo. Tiene que pregonarse como Buena Noticia, tiene que revelarse como acciones y actitudes humanizantes y humanizadoras, tiene que notarse en nuestra alegría disponible para cuidar la creación entera como espacio habitado por Dios que quiere la vida para todas sus creaturas, tiene que crear comunidad de hermanas y hermanos en igualdad.
“Ya se te ha declarado lo que Yahvé espera de ti:
Que practiques la justicia
que ames con ternura
que camines humilde con tu Dios”
(Miq 6,8)
Georgina Zubiría M. rscj
Provincia de México- Nicaragua
Publicado en DIAKONIA XXV
Octubre-Diciembre 2001
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