¡Ya es hora de despertar! Convertir en PDF Version imprimable Suggérer par mail
01-12-06
0612_reflections1
Miyako Namikawa rscj

Dormidos. Así es como nos sorprende el Adviento sobresaltándonos con la urgencia de su aviso:

“¡Ya es hora de despertar del sueño!” (Rom 13,11).

La advertencia nos desconcierta porque solemos ser unos extraños durmientes que ignoran serlo y que viven convencidos de estar despiertos, apegados a una existencia trivial, acomodados a un horizonte plano al que llamamos realismo, propensos a calificar de sueños y utopías a todo lo que lo desborda.

Pero las voces del Adviento son tercas e insistentes, como aquella viuda que llamaba día y noche a la puerta del juez para que le hiciera justicia. Lo mismo que ella, se agolpan a las puertas de nuestra imaginación, se cuelan por las rendijas de nuestra memoria, invaden nuestra costumbre, zarandean nuestra instalación. Se empeñan en convencernos de que no pertenecen a ese mundo que calificamos despectivamente como “sueños” sino que son ellas (sus personajes, sus símbolos, sus imágenes, sus afirmaciones, sus promesas...), la verdadera “realidad”, por asombrosa que pueda parecernos: viene Dios, no está cansado de nosotros ni el vaso de su cólera amenaza con desbordarse, como anuncian los visionarios apocalípticos. Misteriosamente, le atrae este campamento algo caótico que es nuestro mundo, se nos acerca con cierta timidez, pide permiso para plantar su tienda junto a las nuestras. Será un vecino fácil, dice. No va a molestarnos, va a estar como uno de tantos, acostumbrándose a nosotros, dándonos tiempo para acostumbrarnos a él. No gritará ni instalará altavoces (los “efectos especiales” del Sinaí fueron un ensayo, ahora ha aprendido otros métodos más discretos...). Sólo, quizá, oigamos en la noche el llanto débil de un recién nacido.

Demasiado normal para ser divino. Demasiado humano este Dios que ya no truena, ni divide las aguas del mar, ni se carga  a los filisteos. Nos asusta un poco tenerle tan cercano y tan nuestro alcance, no sabríamos bien cómo relacionarnos con él. Con el todopoderosoyeterno  uno ya sabe a qué atenerse,  pero si se empeña en dejarse en el cielo sus poderes y en pasar fríos y calores, sudores y trabajos hombro con hombro con nosotros, realmente no va a servirnos de mucho. Nos haría falta algo más grandioso, algo menos oscuro y de todos los días, algo realmente espectacular que dejara boquiabiertos a todos esos agnósticos y ateazos que andan sueltos por ahí. Y es que con los tiempos que corren, a quién se le ocurre dirigirse  a los que están como cañas medio rotas, o como pábilos a punto de apagarse en vez de acudir a la gente competitiva y con posibles. Porque será muy del Siervo de Isaías o de quien sea, pero la verdad es que, con ese tipo de programa, hoy no se llega a ninguna parte.

Es un sueño, no cabe duda. O, en todo caso, es una realidad anómala y desconcertante de la que es mejor evadirse.

Y nos echamos a dormir para soñar nuestros propios sueños en tecnicolor: tiempos felices en que los ángeles lo dejarán por fin todo claro, en que llegará el Señor revestido de los atributos de su gloria y en el “portal de Belén”(suena mejor que establo o cuadra...), inundado de resplandores, en vez de un recién nacido envuelto en pañales y reclinado en un pesebre, aparecerá un Santo Niño, con cara de persona mayor, corona dorada, piececito en alto y manita impartiendo bendiciones.

Lo tienen difícil los profetas del Adviento: tienen que hablar de lo insólito con lenguaje que comprendamos, tienen que hacer limpieza general en el desván de nuestra imaginación, poblada de viejas ideas sobre Dios, tienen que pronunciar su nombre junto a la palabra hombre sin que nos asustemos demasiado. Por eso los textos de los cuatro domingos nos envían tantos “embajadores” encargados de abrir caminos a la gran noticia del Dios que llega y a la llamada apremiante de que nos abramos al misterio de su presencia.

A veces nos las traen las figuras que encarnan la expectativa de Israel: Noé, Abraham, Jacob, Isaías, Jesé, David... Otras vienen acompañadas de imágenes, como si fueran semillas echadas a voleo en busca de tierra que las acoja. Unas proceden de la vida cotidiana:  mujeres moliendo, un ladrón que asalta de noche, un brote que florece inesperadamente en un tronco, un hacha a punto de talar un árbol, un campesino esperando su cosecha, gente débil que recobra fuerza, una muchacha embarazada...

Con otras, en cambio irrumpe el universo de lo utópico: un monte al que confluyen todos los pueblos, lanzas que se convierten en podaderas,  fieras salvajes amansadas y pastoreadas por un niño, desiertos que florecen...

Sólo al final se irán retirando discretamente los embajadores con sus símbolos, figuras, nombres y personajes del pasado y comenzarán a aparecer los verdaderos rostros del Adviento: María, José, Juan Bautista.

El  escenario ya no será Sión, ni el palacio de David, ni el Líbano o el Carmelo con todo su esplendor sino los lugares  de pequeñez en que empezó todo: Belén, un descampado en su periferia, una aldea perdida de Galilea llamada Nazaret.

Se nos anunciará que ha irrumpido el tiempo definitivo, la noche en la que sólo a los que estaban despiertos y en vela les alcanzó la gran noticia y escucharon el nombre del que lo demás no era sino anticipo y sombra.

Y,  a través de esos personajes, imágenes, noticias y llamadas, se nos ofrecerá la posibilidad de reconocer que ese tiempo es nuestro tiempo, que esos lugares nos pertenecen, que Dios sigue llegando para acampar a nuestro lado y que tiene un nombre humano: Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros.

Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur


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Dernière mise à jour : ( 13-12-06 )
 

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