España, Miyako Namikawa rscj
Aproximación bíblica y catequética a la eucaristía
Introducción
1. Como pan que se parte
2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte
13. Cuando Jesús deseaba
En la comunidad de Lucas alguien recordó, durante la fracción del Pan, un dicho de Jesús antes de comenzar la cena de Pascua: - ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua antes de padecer!” (Lc 22,14 ).
Joaquín, que había pertenecido a la secta de los esenios, conservaba una inconfesable respeto por los ayunos que había practicado en otros tiempos y reconoció que, en el fondo, hubiera esperado que las palabras de Jesús poco antes de morir, hubieran sido más espirituales y solemnes. ¿De qué nos servía conocer su deseo de cenar con los suyos?
Flavia, una mujer ilustre de Antioquía que había pedido el bautismo, reaccionó con viveza: -¿Cómo es posible que digas eso, Joaquín? Me parece que no has entendido nada del relato de la Cena ni de las palabras de Jesús. ¿No te das cuenta de que con ellas nos está invitando a “pasar a otra orilla”, como a sus discípulos después del signo de los panes? Y que sólo desde esa “otra orilla” se puede entender que no está pensando sólo en comida y bebida, sino en todos los bienes que Dios nos ha dado, esos que nuestro deseo codicia tanto. Y sus palabras nos hacen descubrir lo que se escondía en su corazón: un deseo ardiente de dar y repartir, de ofrecerse y entregarse, como iba a hacer con el pan, y de derramar su vida, como iba a hacer con el vino.
Yo he pasado muchos años de mi vida sin buscar más que poseer, acumular, y guardar para mí y los míos, y lo que me sorprendió y me atrajo de este Camino, fue escuchar que había habido alguien capaz de sanar nuestra ambición y transformar desde dentro nuestro deseo. Alguien que nos enseña a ver los bienes como algo que nos ha dado Dios para que los compartamos entre nosotros. Y en cada Eucaristía recordamos que eso fue lo que él hizo: compartir incluso ese bien que era él mismo, con la misma naturalidad con que partía el pan. Esto es lo que yo entiendo que Jesús deseaba: que, al participar en su mesa, se nos vayan cambiando los ojos y el corazón para que, en vez de codiciar, sepamos descubrir que las cosas, cuando no se retienen sino que se comparten, esconden una fuerza secreta que hace surgir entre nosotros la comunión y la fraternidad.
La seducción de las riquezas
Intervino también Ana, otra mujer de la comunidad: - En una de las parábolas que cuenta Marcos en ese evangelio que ha empezado a circular por las comunidades, Jesús dice que la semilla que un hombre sembró en el campo y cayó entre zarzas, no pudo crecer porque crecieron las zarzas y la ahogaron. Y, cuando los discípulos le pidieron que se lo explicase, les dijo: “Lo sembrado entre zarzas son los que escuchan la palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y el afán por todo lo demás, se les mete, los ahoga, y los deja sin fruto.” (Mc 4,18) Y eso me hace pensar que él era consciente de que uno de los enemigos más fuertes de su Reino es esa “seducción de las riquezas”, que nos ahoga el amor y nos impide compartir fraternalmente.
A todos nos llegaron muy dentro las palabras de Flavia y Ana. Por eso, cuando esa noche llegó el momento de la fracción del Pan y empezamos a realizar el gesto de repartirlo entre nosotros, y a pasarnos la copa, fuimos más conscientes de que el Señor Resucitado estaba vivo y presente entre nosotros. Y a cada uno le llegó más adentro su deseo de hacer circular los bienes y de usarlos como lo que son: un instrumento de reciprocidad. Porque eso era lo que habíamos recordado al celebrar la Eucaristía, y a lo que nos habíamos comprometido al desear vivir así “en memoria de Jesús”.
Tiempo para la palabra
"Mi alma te ansía en la noche
mi espíritu en mi interior madruga por ti
!con qué ansia por tu nombre y tu recuerdo! (Is 26,8-9)
"Mi garganta tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti,
como tierra seca, agostada, sin agua...
Me saciaré como de enjundia y de manteca
y mis labios te alabarán jubilosos."(Sal 63,2.6)
“Como ansía la cierva corrientes de agua,
así mi alma te ansía, oh Dios.
Mi alma está sedienta de Dios,
del Dios vivo.
¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (Sal 42,2-3)
“Una cosa pido al Señor,
es lo que busco:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida;
contemplando la belleza del Señor,
observando su templo.(...)
Escucha, Señor, mi voz que te llama,
ten piedad de mí, respóndeme:
- Buscad mi rostro.
Mi corazón te dice:
- Yo busco tu rostro, Señor,
no me ocultes tu rostro. (Sal 27,4.7-8)
"Escucha, pueblo mío, por lo que más quieras,
Israel, a ver si me escuchas:
abre toda tu boca, que yo la llenaré....
Ojalá me escuchara mi pueblo
y caminara Israel por mi camino:
te alimentaría con flor de harina,
te saciaría de miel sil¬vestre..." (Sal 81,9.16)
“Cuando llegó la hora, Jesús se puso a la mesa con los apóstoles y les dijo: Cuánto he deseado cenar con vosotros esta pascua antes de padecer..."(Lc 22,14)
Tiempo para otras palabras
Aprender a desear. Para el NT el deseo es garantía de apertura a Dios : por eso la insatisfacción aparece siempre en situación de privilegio y son los dinamizados por él los que lo alcanzan y se sientan en su banquete (Luc 6,21; Mat 22), mientras que los satisfechos y ricos que confundieron el deseo con la satisfacción de necesidades, son despedidos con las manos vacías (Lc 1,53).
- aprender a orar equivale a aprender a desear: el “Padre nuestro”, que resume las enseñanzas de Jesús sobre la oración, es una pedagogía de los deseos (Mat 6,9-13; Lc 11,1-4); educa al discípulo a salir de la estrechez de los suyos y a adentrarse en la pasión de Jesús por el nombre, el reino y la voluntad de su Padre.
- centrar el deseo significa liberarse de codicia y la ansiedad: contar con el cuidado de Alguien mayor libera al seguidor de Jesús de la inquietud, de la preocupación por llenar el hueco siempre abierto de sus pequeñas o grandes necesidades(Lc 12,22)
- hay que confrontar el deseo del Reino con la manera como se desean el dinero, el alimento o el amor humano. Por eso el evangelio habla de “atesorar tesoros en el cielo...” (Mt 6,19), de estar “invitados a un banquete de bodas”(Mt 22,4), de esperar con tensa vigilancia la llegada del novio (Mt 22,6) . Y el discípulo es invitado a comprender, a través de estos tres símbolos básicos en los que se concentra lo más profundo del deseo humano, hasta qué punto el Reino colma todas sus expectativas.
- hay que aprender del Maestro a perder el propio deseo en el del Padre porque él decía:
“tengo otro alimento que es cumplir la voluntad de mi Padre”( Jn 4,32); “no he venido a hacer mi voluntad...”(Jn 6,38); “Abba..., no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras tú”(Mc 8,26).
Eucaristía y deseo. “Quien se deja conducir por el Espíritu, logrará abrirse a esos horizontes de reciprocidad hacia los que le conduce lo más profundo de su deseo. En la medida en que, gracias a esta docilidad al Espíritu, vaya avanzando por este camino, su esfuerzo irá creando en él un ser humano cada vez más capaz de compartir con los demás. Este darse mutuamente la existencia por medio de relaciones de reciprocidad, se le irá transformando en sal que da a su vida el verdadero sabor humano.”(M.Abdon Santaner) 1
Tiempo para orar
Contacta con tu experiencia, trata de responder con total sinceridad a la pregunta "¿Qué buscas?". Pregúntate: "qué deseo, qué ando persiguiendo, detrás de qué voy corriendo, de qué tengo hambre, cómo alimento mis deseos, cuáles son mis "deseos parásitos"... Puede resultarte liberador poner nombre a tus tentaciones de saciedad satisfecha y pedir a Jesús que mantenga despierto tu deseo de otro Pan diferente de que intentan vender hoy desde tantos mercados. Pon tus búsquedas, que revelan tus deseos, delante del Señor, sin juicios ni censuras...
Lee despacio el salmo 63, repite, una y otra vez algunas de sus palabras:
"Dios, tú mi Dios, yo te busco,
sed de ti tiene mi alma..."
"Tu amor vale más que la vida..."
"Mi alma se aprieta contra ti..."
Tiempo para compartir y celebrar la fe
Con niños.
Poner sobre una mesa toda clase de objetos: un bocadillo, su cartera, su “paga” o sus deportivas, y escenificar cómo todo eso se puede convertir en objeto de riñas y envidias, o en posibilidad de amistad. Terminar con una oración que adapte la del Ofertorio.
Con jóvenes y adultos.
Leer el texto que sigue:
“El hambre y la sed son metáforas vitales para hablarnos de las aspiraciones del hombre, de su grandeza y de su sed de infinito. Hambre y sed definen al hombre como ser fundamentalmente insatisfecho. Por eso podríamos decir: “dime de qué tienes hambre y te diré quién eres”. Hambre y sed, metáforas que comprometen al hombre, no desde la racionalidad de las ideas, sino desde la experiencia vital y profunda del hambre en la que se juega la vida. Entonces la vida, la dignidad, la justicia y la solidaridad humanas no son sólo temas, sino pasión que recome por dentro, haciéndonos vivir o morir, porque son expresión del hambre de Dios”. (M. Mateos) 2
Expresar las propias hambres e insatisfacciones en este momento. Recordar después el deseo de Jesús según Luc 22,14, traduciéndolo a situaciones de hoy. Pensar qué pasos tendría que dar cada uno para hacer sitio en él a ese deseo.
Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur
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El deseo de Jesús. La Eucaristía como mesa, memoria y asamblea, Santander 1982, pp.36-37
- El sacramento del pan, Lima 1996, p.131
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