Doreen Boland rscj Imprimir E-mail
06.11.06

 

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Doreen Boland, rscj irlandesa, llegó a Joigny en abril de 2004, después de muchos años al servicio de la comunidad internacional y de misión en África del Este. Nos habla ahora de su misión de entonces y de ahora.

Soy una feliz jubilada que oye a Abba que le dice: “Tú eres mi hija muy amada”. Abba, un Dios siempre presente en mi vida y que se presenta ahora como el Dios ¡de las sorpresas!
Nací en Dublín. En mi vida, puedo distinguir una primera etapa de mi infancia, mi juventud y mi entrada en la Sociedad del Sagrado Corazón hasta mi profesión en 1960. En 1963 empezó un segunda etapa para mi. Fue el año de mi vocación misionera, cuando oí la llamada del señor que me decía: “Deja tu país”. Y me fui a Uganda. Otra etapa fue de 1968 a 1976, que estuve en Roma. Entonces tuve el privilegio de conocer el rostro de la Sociedad internacional., o mejor, su corazón, a través de nuestras hermanas que vivían en todo el mundo. Entre 1970 y 1976 tuve otro gran privilegio, el de trabajar en equipo con Concha Camacho, María Luisa Saade, Mickey McKay, Françoise Cassiers y Mary Braganza como consejera general. De 1977 a 2004 viví, de nuevo, en África. Después, al final de este último periodo, oí al Señor que me decía una vez más: “Deja tu país por el país que yo te mostraré”.

Este país, que era entonces, el mío y del que había decidido marcharme, era África. ¿Y era Joigny, el nuevo país al que debía ir?.

Llegué a Uganda un año después de la fundación, que fue en 1962, y tengo el sentimiento de haber colaborado en engendrar una nueva familia de Religiosas del Sagrado Corazón en Uganda y en Kenia. Ahora la provincia está a cargo de religiosas autóctonas. He tenido el privilegio de vivir en una provincia muy internacional lo que es señal del amor universal del Corazón de Jesús, y de realizar así mi divisa de probación: “Caridad universal del Corazón de Jesús”. Era muy importante ser signo de vida fraterna en países donde reina el tribalismo. Durante los últimos veinticinco años que he pasado allí, he tenido otro privilegio, el de ayudar al crecimiento de la vida religiosa en congregaciones autóctonas, dirigiendo retiros, siendo “facilitadora” de asambleas y de capítulos. De esta manera he podido participar en el crecimiento de una joven Iglesia africana.

Además de las responsabilidades que me confió en África la Sociedad del Sagrado Corazón – he sido provincial y, durante algunos años, maestra de novicias – he estado muy contenta de formar parte de un equipo de pastoral, en plena ciudad, con Padres Blancos, que me han enseñado lo que es ser verdaderamente misionero. En esta parroquia, en los suburbios de Kampala, he vivido entre pobres, enfermos,  refugiados, jóvenes… Si tuviera que resumir todo esto, citaría las palabras de San Pablo: “ser en Cristo la bondad de Dios para los otros”. Para mí esto significa la doble dimensión de nuestra vida de religiosas del Sagrado Corazón. “En Cristo”, es decir, enraizadas en El por la contemplación, “ser la bondad de Dios” a través de la acción: queremos ser mujeres de comunión.

Para mí esto es realzar el amor de Cristo en cada persona. Hay que hacerlo prioritariamente con los cristianos, y sobre todo con los más jóvenes, porque la educación cristiana que han recibido – y que la han transmitido misioneros occidentales – no iba, ciertamente, en ese sentido. Cuando estalló la guerra en Uganda, mucha gente allí decía que “Uganda es un país que Dios ha olvidado”. Al empezar la epidemia del sida, muchos ugandeses vieron esta enfermedad como un castigo.

Ahora, estoy en Joigny, como respuesta a una llamada. Hace algunos años, en África, sentí una llamada a vivir más directamente el aspecto contemplativo de nuestra vida religiosa y lo he visto como una continuación de mi vocación misionera. Se trataba, al irme haciendo mayor, de ser como más fecunda para la misión, sobre todo para la Iglesias jóvenes de África y para nuestras hermanas jóvenes. En el año 2000 me di cuenta de qué manera la casa natal de Magdalena Sofía es parte esencial de la Sociedad internacional. Comprendí entonces que podía vivir en la “cuna” de la Sociedad, y que al mismo tiempo que vivía mi llamada, podía pertenecer a la comunidad de Joigny, ayudando en las cosas de la casa y en el acompañamiento espiritual.

Es lo que vivo actualmente y me doy cuenta que en Joigny puedo vivir los dos aspectos de mi vocación. Estoy encantada de poder aportar mi granito de arena en la preciosa misión  de la Sociedad internacional, que se vive aquí a través de múltiples y variados contactos, con gente que viene de todos los continente para “ahondar” en la fuente original. Personalmente me he enriquecido mucho e incluso me he sentido frente a un auténtico cuando acompaño a la gente en su vida. Me lleno de respeto y de admiración ante la acción del Espíritu Santo en los ejercicios espirituales o en un retiro. Pienso con frecuencia que Isabel acompañó a María: María necesitaba compartir su experiencia espiritual después de la Anunciación e Isabel la confirmó en esta experiencia de Dios, de la que estaba llena.

A Joigny vienen grupos del mundo entero: un grupo de profesores irlandeses, también uno de nuestros estudiantes de Corea ha venido para pasar un día “con Sofía”; doce alumnos y profesores americanos, miembros de la “red” de los centros del Sagrado Corazón de Estados Unidos, que vinieron para “ver de cerca” nuestra modo de ser, y compartirlo con sus compañeros y alumnos… Encontré esto muy emocionante. El carisma del Sagrado Corazón, se ha transmitido, primero, a través de las hijas de Santa Magdalena Sofía. Ahora, son las Antiguas Alumnas del Sagrado Corazón y seglares del mundo entero los que lo transmiten y los que nos envían jóvenes como estos 45 australianos que se han detenido en Joigny durante unas horas cuando iban a las Jornadas Mundiales de Jóvenes en Colonia. Sí, en Joigny, como en África, se trata siempre de descubrir y manifestar el amor del Corazón de Cristo.                               

Doreen Boland rscj
Provincia de Irlanda - Escocia

 

Última modificación ( 29.11.06 )
 

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