Relatos desde la mesa compartida: Leví y sus amigos PDF Imprimir E-mail
04.02.06
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Aproximación bíblica y catequética a la eucaristía
Introducción
1. Como pan que se parte

2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte


4. Leví y sus amigos


Cuando comencé a ejercer el oficio de publicano, sentía vergüenza y esquivaba el trato con los que antes habían sido mis amigos. Notaba sobre mí su desprecio y sus críticas, y me humillaba darme cuenta de que evitaban mi compañía; pero me decía a mí mismo que me importaba poco todo aquello, en comparación con el dinero fácil que estaba ganando.

Por aquel entonces hice amistad con Leví, otro recaudador de impuestos que vivía situaciones muy parecidas a las mías y, juntos, junto a una jarra de vino, simulábamos reírnos del vacío que sentíamos a nuestro alrededor, aunque nuestras burlas no conseguían esconder nuestra amargura, ni disimular cuánto nos hería sentirnos tratados así.

Hacía mucho que no veía a Leví, cuando un día vino a buscarme dando muestras de agitación y de una intensa emoción, y se puso a contarme, entrecortadamente, su encuentro con un tal Jesús de Nazaret: -"Desde que le conocí, me dijo, me di cuenta de que él era distinto de los demás, de que para él no contaba ni una sola de las distinciones que crean clasificaciones y separaciones entre nosotros. Y lo supe cuando vi que se sentaba a la mesa con todos: mujeres junto a hombres, libres junto a esclavos, gente de altos cargos junto a los que todos miran como inferiores, personas de reconocida pureza según los ritos de nuestro pueblo, al lado de impuros como nosotros, gente respetada junto a muertos de hambre.

Ayer estaba yo sentado, como de costumbre, detrás de mi mesa, repasando mi lista de la gente que hacía cola delante de mí para pagar, cuando, al levantar los ojos para atender al siguiente, vi que era él quien estaba allí parado, mirándome. No puedo explicarte lo que sentí, era como si su sola presencia deshiciera barreras y derritiera distancias. Esperaba que me dirigiera una sarta de reproches por colaboracionista y explotador pero, en lugar de eso, escuché con asombro: - Leví, me haces falta ¿quieres venirte conmigo?  

¡Irme con él! ¿Te das cuenta de la locura que supone? Me vas a decir que estoy trastornado, y seguramente no te falta razón, pero, por favor, ven tú mismo a conocerle; esta noche doy una cena en su honor, antes de liquidar mi negocio para seguirle."

Una cena inolvidable

Sin salir de mi estupor, acudí a aquella cena en la que nos reuníamos todos los amigos de Levi, es decir, lo peorcito de Jerusalén: recaudadores, prostitutas, soldados romanos, comerciantes de todas clases, cambistas, traficantes y más de alguno ya borracho antes de comenzar la cena.

Jesús participaba de la alegría general, que iba creciendo según circulaba el excelente vino que Leví había sacado de su bien surtida bodega. Pero algo sentíamos los comensales que nos embriagaba mucho más que aquel vino: estar allí, rodeando a Jesús, hacía caer el fardo del "personaje" que cada uno llevábamos a cuestas y empezábamos a experimentar la libertad de no estar atados a ninguna jerarquía social, religiosa ni económica, ni a normas de pureza o de legalidad. Era como si él estuviera convencido de que esa comunidad de mesa podía romper las líneas divisorias que nos separaban a unos de otros, y su convicción nos contagiaba a todos la sensación de que algo absolutamente nuevo estaba comenzando.

En la sobremesa, se puso a contar la historia de un hombre que tenía cien ovejas y, al contarlas por la noche, antes de hacerlas entrar en el redil en una noche de tormenta, se dio cuenta de que se le había perdido una. Se echó al monte bajo el aguacero para buscarla, y recorrió muchas leguas sin conseguir dar con ella. Casi de madrugada la oyó balar en lo hondo del barranco por el que se había despeñado, enredándose en unas zarzas; bajó a toda prisa, se la cargó a los hombros contentísimo y, a la vuelta, convocó a sus vecinos para celebrarlo y les dijo: - ¡Felicitadme! ¡He encontrado la oveja que había perdido!

Al terminar el relato, sacó la siguiente conclusión: -  Así es Dios, vuestro Padre, y así se alegra cuando encuentra a uno de sus hijos perdidos.

Uno de los comensales, que fue durante un tiempo discípulo de un rabino y conocía la historia, le recordó: - No has dicho que la oveja perdida era la mejor del rebaño y que por eso la quería tanto el pastor. Jesús le contestó: - No, las cosas con Dios no son así. Para El nadie necesita estar cargado de méritos ni de cualidades para ser querido, sino que su amor es como el de una madre que, entre todos sus hijos, prefiere al pequeño hasta que crezca, al enfermo hasta que sane, al que está de viaje, hasta que vuelva a casa.

Era una manera de hablar justo al revés de todo lo que habíamos oído muchos, cuando aún frecuentábamos la sinagoga y escuchábamos que Dios se complace en los justos y rechaza a los pecadores. Nos dimos cuenta de que estábamos ante otra manera de interpretar la vida, la ley, las tradiciones, la relación con Dios y el futuro de nuestro pueblo. Todo estaba cambiando vertiginosamente y el centro de la espiral era aquella mesa en la que un grupo de gente que nos creíamos perdidos, empezábamos a darnos cuenta de que habíamos sido encontrados.

Tiempo para la palabra

“Siguiendo adelante vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado ante la mesa de los impuestos. Le dice:- Ssígueme. Se levantó y lo siguió. Estando Jesús en la casa, sentado a la mesa, muchos recaudadores y pecadores llegaron y se sentaron con Jesús y los discípulos. Al verlo, los fariseos dijeron a los discípulos:- ¿Por qué come vuestro maestro con recaudadores y pecadores? El lo oyó y contestóó: - Del médico no tienen necesidad los sanos, sino los enfermos. Id a estudiar lo que significa misericordia quiero y no sacrificios. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”(Mt 9,9-13).

“Todos los recaudadores y los pecadores se acercaban a escucharle y los fariseos murmuraban: - Este recibe a pecadores y come con ellos. El les contestó con la siguiente parábola: - Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una ¿no deja las noventa y nueve en el páramo y va tras la extraviada hasta encontrarla? Al encontrarla, se la echa a los hombros muy contento, se va a casa, llama a sus amigos y vecinos y les dice: - Alegraos conmigo porque encontré la oveja perdida. Os digo que lo mismo habrá en el cielo más fiesta por un pecado que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.” (Lc 15,1-7)


Tiempo para otras palabras

Revolucionar el mundo. “En sus comidas con pecadores, Jesús pretende reconfigurar un nuevo mundo simbólico en el que la misericordia sustituye a la pureza . El: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36), sustituye al: “Sed santos como Dios es santo” del AT (Lev 19,2). El acceso a Dios no consiste en un proceso de separaciones y aislamientos. La misión implica una estrategia de misión, de acercamiento a lo que está fuera de las fronteras, de hospitalidad para con lo extraño, lo cual, a los ojos de las autoridades judías, significa la introducción del caos más absoluto (“Han revolucionado todo el mundo”, He 17,16).  En realidad es la introducción  de un nuevo orden simbólico. (R. AGUIRRE) 1 

La esencia del cristianismo. “Cuando Pablo luchó a favor de la comida en común con cristianos de origen pagano, estaba haciendo patente la voluntad salvífica universal de Dios.  Dios, en efecto, quiere celebrar un banquete con todos los hombres (Is 25,6; Lc 14,21) y la Iglesia del futuro deberá hacer aún más clara esta voluntad divina si no desea traicionar a su Señor. Instruidos por la carta a los Gálatas, es legítimo afirmar que la esencia del cristianismo es synesthiein, comer juntos”. (F. Mussner)

Tiempo para orar

Relee la escena de la llamada a Leví, centrando tu atención en las dos mesas que aparecen e imaginando lo que hay en ellas. Junto a la primera, está un recaudador sentado y solo, y sobre ella están el dinero de la recaudación y las listas de deudores. En la segunda escena hay también una mesa, pero esta vez, en lugar de dinero, hay alimentos y jarras de vino; en vez de un recaudador hay ya un discípulo, y en vez de estar solo, está junto a Jesús y rodeado de gente que celebra un encuentro.

Seguramente hay momentos en que te sientes dominado por el deseo de poseer, por la obsesión por las cosas. Recuerda qué tipo de sentimientos han acompañado esas situaciones. Pasa luego a la segunda mesa, siéntate junto a Jesús, ábrete a la alegría de saberte acogido por él tal como eres y de estar mezclado con aquellos que parecen excluidos y alejados. Siente que es aquí donde está tu verdadera vida, pide a Jesús que vuelva a llamarte a seguirlo cuanto te vea sentado en la otra mesa, la de las posesiones y la soledad...


Tiempo para compartir y celebrar la fe

Con niños o adolescentes

 

  1. Colocar dos mesas: en una de ellas se pone dinero, o un talonario, y sobre la otra, manteles, platos, vasos, unas flores, como para una fiesta. Unos  se sientan en la primera mesa y otros en la segunda y, después de un tiempo de silencio, dialogan defendiendo cada grupo el por qué se sienta en esa mesa y qué ventajas tiene.  Al final, hacer una oración preguntando a Jesús “de parte de qué mesa está”...
  2. Evocar experiencias de dejar fuera del grupo a alguien, rechazarlo, no contar con él. Representarlo en mimo, y pasar a un segundo momento de acogida en que un bocadillo o un juego compartidos provocan en el otro la alegría de la pertenencia.Terminar con una oración en que se pide a Jesús la capacidad de hacer amigos.

 

Con jóvenes o adultos

Después de leer la narración “Leví y sus amigos”, preguntarnos:
- cómo y con quiénes compartimos el banquete de nuestra vida  
- a quiénes sentamos a nuestra mesa :la de nuestro tiem¬po, nuestra amistad, nuestros bienes, nuestro interés...  
- a quiénes excluimos y por qué                                
- tratar de detectar qué dinamismos de inclusión están ya presentes  y actuantes dentro y fuera de la Iglesia para adherirnos a ellos. Discurrir cómo podemos crecer en ese talante de incorporar, agregar, atraer, vincular...Proyectar "estrategias de inclusión", modos concretos de continuar, en lo corriente de nuestra vida, la experiencia de ser incluidos que vivimos en cada Eucaristía.    

Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur
 
  1. La mesa compartida. Estudios del NT desde las ciencias sociales,  Santander 1994, p.122 

 

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Última modificación ( 18.10.06 )
 

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