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23 de octubre: Con una certeza en el corazón
Lc 12, 32-48
Cuando comento este texto, la decisión de irme a vivir a otro país está en juego. La osadía de arriesgarlo todo se mezcla con temores que me recorren el cuerpo. Entonces descubro en las palabras del Evangelio, una voz que me alienta devolviéndome la paz: “No temas, rebañito pequeño, que vuestro Padre ha decidido daros el Reino...” Con esta certeza en el corazón, puedo vender todo lo que tengo, entregar mis tesoros, porque mi existencia está confiada en esa decisión del Padre. Me vaya o me quede, sólo puedo esperar reino.
Con el Dios de Jesús en el corazón, sólo podemos esperar la llegada de un amo como el de la parábola, bastante sui generis por cierto. Alguien que confunde los papeles, ofrece banquetes a los siervos y él mismo se pone a servirles. Busca para poner al frente de la servidumbre no a quien domina, sino a quien se pone como él, a repartir raciones a su tiempo.
La espera de sus siervos me recuerda el diálogo del zorro con el principito: “Si vienes a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaría a ser dichoso. A medida que se acercara la hora, yo me iría sintiendo cada vez más feliz”. La certeza de que el amo vendrá y el deseo de su llegada mantienen despiertos a los siervos. Porque tienen puesta la mirada en lo que vendrá, son dichosos desde que esperan, saben cómo es ese Amo.
¡Qué bien sabe Jesús de la tentación de la desesperanza! Nos advierte que si comenzamos a mirar sólo el presente, lo que tenemos al alcance, bien podemos devorarlo todo; nada logrará hacernos sentir satisfechos, ni el abuso del poder ni el exceso. Por eso me dice, nos dice una y otra vez “no temas”, vuelve a la certeza, al tesoro en tu corazón. Recuerda los banquetes que el Señor te ha servido en medio de los pobres. Porque he disfrutado de ellos, por eso quiero esperar repartiendo Reino, alimentando la espera de muchos más.
Ana Morales Pruneda
Provincia de México - Nicaragua
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