“Mundo Interior y Enfermedad Avanzada”:
¿Podemos prevenir el sufrimiento espiritual?
Introducción del trabajo presentado para el Máster en Cuidados Paliativos. Sevilla, 2006
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| Oonah Ryan rscj
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No cabe duda que, como seres humanos, somos un todo indivisible y aunque nos esforcemos en deslindar las distintas facetas de nuestra personalidad acabamos concluyendo que todas se interrelacionan y que cuando un área de nuestra vida se trastoca, todas las demás acaban afectándose.
Cuando la enfermedad llama a nuestra puerta se presenta como una amenaza, como un bandido. Nos suele coger por sorpresa, con la guardia baja, trastocando nuestros planes. Nuestro narcisismo prepotente es puesto en cuestión y caemos en la cuenta de que somos limitados, frágiles y dependientes. Tenemos entonces una experiencia no sólo de dolor físico, sino también espiritual. Y es precisamente este sufrimiento espiritual el que interpela nuestro ser más profundo, enfrentándonos con la pregunta sobre el “sentido” de nuestra vida.
El mundo interior del enfermo es un magma en el que bullen más preguntas que respuestas, más dudas que certezas, y miedo, mucho miedo. Algunas personas, cuando enferman son capaces de conectar con esta situación e incluso de verbalizarla. Otras se encerrarán en un mutismo impenetrable y habrá quien “se ponga una venda”, “se líe la manta a la cabeza” o “esconda la cabeza bajo el ala”. Las expresiones coloquiales de nuestro vocabulario son muy expresivas. Podemos reflexionar en qué categoría caemos cada uno cuando atravesamos los valles y las montañas de la vida…
Ser capaces de responder a la cuestión del sentido de la vida en el transcurso de una enfermedad avanzada, progresiva e incurable es un reto para los profesionales de la Medicina Paliativa hoy. Sabemos que “el fracaso en atender las necesidades espirituales de los pacientes puede llevar a una fuente de sufrimiento adicional”, dice Juan de Dios Serrano Rodríguez (2005), “manifestada por sentimientos de fragmentación interna, intolerancia al dolor, desesperación y angustia”. #1 De ahí que, los profesionales que atienden a estos enfermos, deben de estar capacitados para detectar estas necesidades espirituales y profesionalmente formados para acompañarlas y encauzarlas.
Como seres humanos y como profesionales, nos acercamos al enfermo cercano a la muerte con sumo respeto, como quien pisa tierra sagrada. No somos quién para imponer nuestro parecer sobre cómo afrontar la soledad, el sufrimiento, la muerte. Somos meros “sanadores heridos”, en palabras del gran teólogo y escritor Henry Nowen (1996) que , reconociendo nuestras propias heridas, queremos acercarnos a otro ser humano herido, para desde la empatía, poder acompañar su proceso, aguantar sus silencios, formular buenas preguntas, y todo lo que los expertos en Relación de Ayuda nos dicen, siempre desde el amor y la aceptación incondicional.
Abogo por una medicina más humana, más holística, más cercana a la cotidianeidad. En un mundo, el nuestro, el occidental, que esconde los rasgos de envejecimiento, que tira lo que considera “inútil”, que teme a la muerte y procura alejarla de la vista (llevándola a los tanatorios), vivir buscando sólo la felicidad, ignorándola como si no existiera, los profesionales de la salud y más concretamente todos aquellos implicados en Cuidados Paliativos tenemos la muerte como compañera de camino, avanzamos mano a mano con ella. Como muy certeramente ha expresado Daniel Callahan en su obra “Los fines de la Medicina en el siglo XXI” (Informe Hastings 2005), ya no sólo hemos de prevenir enfermedades y ayudar a vivir de forma saludable, sino también hemos de comprometernos en ayudar a morir en paz. Para ello, creo hemos de comenzar asumiendo nuestra propia muerte, las pérdidas de cada día, para poder acompañar el proceso de otros con calidad humana y profesional.
Con este trabajo me propongo poner de manifiesto la importancia de atender al mundo interior del paciente con enfermedad avanzada, progresiva e incurable. Atender ese mundo requiere una sensibilidad especial que detecte las necesidades espirituales de nuestros enfermos y sepa hacerse cargo de su sufrimiento. Así mismo intento profundizar en los factores que conducen a la “muerte en paz”, descrita por Callahan y Ramón Bayés, entre otros, y me atrevo a señalar la cuestión del “sentido de la vida”, propuesta por Victor Frankl, como favorecedora de “una muerte con sentido”, serena y en paz.
Para ello me ha resultado interesante explorar una etapa previa a la enfermedad terminal, como es la vivida por las personas mayores que padecen enfermedades crónicas avanzadas e invalidantes y he escogido a miembros de mi Congregación como muestra para realizar el estudio.
El objetivo general que me planteo con la elección de este tipo de población es intentar detectar sus necesidades espirituales para que satisfaciéndolas, se pueda prevenir y/o amortiguar en lo posible el sufrimiento espiritual en los últimos momentos de la vida. Parto de la hipótesis de que la aceptación consciente y activa de las “pérdidas” a lo largo de la vida (como la salud, la independencia, el desempeño de una profesión, el rol social, desaparición de seres queridos), junto a la vivencia de una espiritualidad integradora son elementos que pueden contribuir a la serenidad y ausencia de miedo ante la muerte.
Tratar de comprender esta situación, adentrarnos un poco en el corazón de los que están, por circunstancias vitales, quizás más cercanos al término de su existencia, es una experiencia privilegiada para cualquiera, dura sí, pero también humanizante y gratificadora. Cuando la vida nos ha ido despojando de todo, cuando nuestro cuerpo no puede ya responder como antes de la enfermedad, cuando sólo nos queda lo más íntimo, lo esencial, aparece nuestro yo más profundo y verdadero. Y si éste se haya en paz, podremos decir, como Jesús de Nazaret: “todo se ha cumplido”.
Carmen La-Chica, rscj
Provincia de España Sur
- Serrano Rodríguez JD. En: Lora González R. En la atención integral: cuidemos los aspectos y las necesidades espirituales. Hospital de San Juan de Dios. Córdoba 2005.p. 9-10
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